Nuevas líneas

El transbordo a estas horas es cansado. Los puestos ya están cerrados y las personas caminan con los ojos casi pegados. Nadie parece querer llegar a su destino. El paso es lento, como si pesara. Yo, como siempre, corro. Intento engañar a la mente y al tiempo con mi andar. Pero esta línea es imposible. Mi andar está sujeto a corrientes eléctricas, vías y sujetos imprudentes.

Aún quedan amantes en los andenes. Se miran, se besan. Buscan reconocerse en los ojos de los otros. Una pantalla, mi fleco y la música del metro. 

Tantos rostros, tanto cansancio. Esta línea y sus líneas de frustración. Tanto coraje. Tanto miedo. Tanta tristeza. Una ventana, mi fleco y la música del metro. 

Hoy tuve una batalla. Cara a cara con mis propias líneas. Me senté frente a mi propio rostro. Una mujer descubrió mi rostro y sujetó mis cabellos asegurándose de que todo fuera claro. 

Tres rounds. Ni uno más. La mujer me voltea y no me permite volver a mirar. Fui tan cobarde con mi propio rostro que no se me permitió volver a mirar. El sonido de las tijeras es definitivo. Han cortado más que un mechón de cabello. El sonido rasga. Corta. Se queda. Imposible volver a mirar. 

Una puerta, mi fleco y la música del metro. El anuncio de otro encuentro.

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Gritar Dolores. Crónica sobre el 15 de septiembre de 2017

En el calendario no es domingo sino viernes. Viernes de fiesta para algunos, de ventas para muchos y de descanso para otros. Salgo a la calle y por primera vez en mi vida, camino por las calles de la colonia Narvarte en un día tan ausente y tan presente a como lo debería ser hoy. Hemos caído en la confusión, en el olvido. ¿Acaso hemos olvidado remarcar en el calendario de festividades mexicanas el día quince del mes de Septiembre? ¿Dónde están las madres y abuelas entusiasmadas con recetas antiguas de caldos, salsas, aves y carnes? ¿Acaso se han envenenado a sí mismas con los deliciosos guisos de la patria? ¿O es que ya los jóvenes nos hemos acabado el tequila reservado para la noche y las ganas de salir a festejar?

Festejo: acto público. Apenas unos cuantos niños con sombreros, banderas y bigotes han salido a las calles esta mañana. Como todos los servidores públicos, portan los colores del símbolo de la patria. Tres colores que por una noche nos abrazan a todos como iguales, aún cuando a alvecino le hagan falta mil años de historia y cien mil monedas doradas menos para estar al lado. Esta noche, todos somos mexicanos. Y portamos bigote, y nos vestimos de charro. Y nos tejemos las trenzas y nos colgamos el rebozo. Poco a poco sentimos eso que deberíamos de estar sintiendo al conmemorar a la patria, al gritar un ¡Viva! y pedir que realmente viva.

Son las 9 y la patria aún no llega a mi espíritu pero tomo el metro y me bajo cerca del Templo; el camino se siente fijo. A estas alturas es más difícil que la patria penetre en la próxima generación más vieja. Ahora, justo ahora, cuando hablar de patria se vuelve cada vez más obsceno. Cuando muchas cosas no están resueltas. Y la suave patria se vuelve cada vez más difusa, un sueño. 

Como en un sueño, las luces que adornan el Zócalo capitalino atraen a los espectadores, a padres iniciadores, a niños inexpertos. Se escuchan indicaciones de seguridad y el repaso del protocolo en caso de extravío dentro del gentío al ver las filas esperando por entrar a la Plaza de la Constitución, las calles que desde los cielos parecen estar tomadas y que desde los suelos imploran ser tomadas, re-apropiadas. Me declaro inexperta mientras lucho por permanecer de pie, al tiempo mismo en que mi cuerpo gira entre los otros cansados y desesperados. 

En la 16 de Septiembre, un olor fétido nos baña antes de pasar por un segundo filtro en el que se advierte a los revoltosos dejar botellas de vidrio, alcohol y encendedores que puedan invitar a una revuelta. El tercer filtro es para los listillos. Federales cateando a todo niño, joven o adulto que pase por la línea. A México le hace falta una revuelta. Tal parece que seguiremos esperando.

Faltan quince para las once. Última oportunidad para el cielo de soplar las nubes que impidan el fulgor y el entusiasmo pirotécnico. Me coloco estratégicamente a un costadode las pantallas ubicadas cerca del asta bandera y espero la hora en que Enrique salga y presente su más reciente acto aprendido. Comienzan las trompetas y desde el frente un pastor ve cómo parte de su ganado comienza a retirarse, pasando por donde me he colocado, distrayendo la firmeza de la gente y empujando la poca paciencia que algunos tienen a mi lado. Me doy cuenta de la inutilidad de mi estrategia y del silencio en la función. Enrique pidiendo vida para los héroes que nos dieron la patria, Hidalgo, Morelos, Guerrero. El ondear fúnebre de sus palabras. Un niño confundido que a mi lado le aplaude y le abuchea, le aplaude y le abuchea, al mismo hombre cuyos gestos, hasta el día de hoy, han matado a más mujeres que un Don Juan. Un tic culposo. Un ondear fúnebre que exige más que su locutor al recordar el sismo ocurrido ocho días antes de la celebración en las inmediaciones de Chiapas y Oaxaca. ¡Viva México! señoras y señores. Hagámoslo vivir. Que este grito de dolores mantenga el silencio, la expectativa, y nos haga recordar las palabras de un José Carlos, al decir que no vale el grito aislado, por muy largo que sea su eco sino la prédica constante, continua y persistente. No guardemos los trajes, desempolvemos otros y establezcamos líneas de movimiento. No gritemos más dolores sino Dolores Hidalgo. No olvidemos ni abandonemos la lucha por la Independencia que en utopos se ha gestado.

-e.erreiene